Atroces volcanes

Ésta fue la ciudad de las montañas.
J. E. P.

A un paso, una coladera,
calzones usados, condones,
bolsas, latas, plásticos,
tortillas, agua, gaaas
colchoneeees, pregones
(necesitas para las orejas
tapones) en las banquetas
ardientes cual sartenes, vagones
andenes, camiones, ladrones
de espacio: Usted, pásele
pa’ atrás, joven. No estorbe.
Un árbol por cada montón de habitantes.
El polvo tiñó las casas, las calles,
los postes, a las aves y a las ratas,
también las inundaciones
de un gris corcholata. Aquí y allá,
se oye en la ciudad, un despertador,
una alarma, un claxon, una bocina,
una salsa, un danzón, un reggaetón,
canciones pop, música de los ochenta,
los éxitos norteños y los hits de hoy;
el ruido escandaloso de las patrullas,
el largo aullido de las ambulancias,
el grito del carnicero y el marchante,
y del desvelado voceador con la noticia
de la harta malicia que hay en las calles.
Mas, si te esfuerzas, se escucha un trino,
unos cotorros australianos, el canto
de los canarios, el gorrión y el tecolote,
que sobreviven como guerreros antiguos
a la tala clandestina del vecino ignorante,
al humo de los motores de los tráilers
y las fábricas, y a los variados aceites
sabor a papas fritas, chicharrón y gorditas,
que tiran, descuidados de los litros de agua
que contaminan, al drenaje los ambulantes.
En la ciudad cualquier cable es rama,
y los agujeros en las paredes son nidos
o casas para la colmena y la avispa,
exterminadas de las maneras más ariscas
por el honorable cuerpo de bomberos,
que sin vacilar les prende fuego.
Muchachas, declaremos en peligro
a las abejas, no sea que nos quedemos
perplejas ante la extinción de las mieles
y el amor que a las flores dan las obreras.
Si tienes miedo del piquete y el zumbido,
llama a los rescatistas que las recolocan,
y que han hecho santuarios para que vivan
los enjambres en paz con la naturaleza.
Parece mentira que existan “rescates”
para los animales, el hombre extermina
a su propia especie y a muchas otras.
Venta, tráfico y explotación son partes
de un sistema de corrupción que acaba
con todo lo vivo: la construcción vertical
quiere dominar a la tierra y a los cielos.
Por eso todo lo que repta o vuela estorba:
ya no tiene dónde esconderse la lagartija,
tampoco dónde pasear el perro callejero
sin que un conductor con prisa embista.
Crece la ciudad como el pelaje de un lobo
en luna llena: y ya no cabe ni una aguja
dentro del metro o en un embotellamiento.
Son muchos los peatones atropellados
por la falta de cultura de quien va en auto.
No se diga de los ciclistas o los patinadores,
ya no son suficientes los carriles y ciclovías:
como la fila de las tortillas, los semáforos
en rojo, si es que veloces no se pasan
los conductores neuróticos el alto.
Ya no hay gallos que avisen de la aurora,
tampoco de la hora. Todo se ve en la pantalla
del teléfono o la computadora, de donde
no despegamos nunca la vista. Parece
que es la nueva costumbre esclavista
de estar todo el tiempo informados
de qué comió el de al lado o a dónde fue
de vacaciones el bañista; quién se casó
con quién y quién hizo fiesta, o festeja
algún hijo o trabajo. Es increíble creer
que en esto consista la vida posmoderna:
un ojo a la tablet y otro al consumo,
a tu café con nombre en el vaso,
no vaya a ser, ¡por si acaso!, que se pierda
cuando lo llevas de la mesa a la mano.
No se diga de tus búsquedas en Google,
pues son los árboles los que procesan
el carbono. Tus dudas también contaminan,
y tus tweets, retweets, matchs y likes.
Para los nervios de pensar en todo esto,
me pedí ya mientras una comida a domicilio,
con la aplicación, un mensajero se apresura
a que le empaquen mi ensalada en unicel
y bolsas, para que no escurra el aderezo:
ya que no quiero tener un cuerpo obeso,
mejor llevo una dieta sana, me volví también
vegana para reducir mi huella ecológica,
no quiero carecer de lógica y ser humana.
Cuando puedo, salgo a correr por las mañanas,
si es que no declaran contingencia ambiental.
¿Quién quisiera morir por sólo respirar?
El aire lleva y trae los sonidos,
pero excedimos ya de decibelios.
Hemos hecho de la ciudad un infierno
donde las voces son interferencias.
Estamos a nada de tener que grabar
para siempre a los grillos y las cigarras,
porque se oyen ya poco por las noches:
escucharemos a los animales en grabaciones
cuando se oigan solamente motores,
y se quedará esta reflexión para todos:
¿Qué hicimos con los paisajes sonoros?
Contéstale al niño que no conocerá a los loros,
pero sí los lanzamientos espaciales,
que conocerá cómo suena una bomba,
pero no cómo cantan las ballenas,
porque el plástico les llenó las barrigas
y las trajo, calladas, a encallar en la orilla.
Ya hemos visto en las páginas de noticias
lobos con la cabeza atrapada en envases,
tortugas con popotes en las narices,
famélicos osos polares en el Ártico,
muertes masivas de pingüinos,
garzas sacando la basura de los lagos,
islas enteras de bolsas y desechables.
Vamos a la playa a tomar unas vacaciones
con un six de cerveza, pero nadie recoge
las botellas, que no llevan otro mensaje
que el de la imbecilidad del hombre.
Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar,
eso lo saben los ecologistas, pero no al parecer
los turistas extranjeros que vienen a las playas
mexicanas, a disfrutar del exceso, y como es
otro país, qué más da lo que destruyan. Las leyes
aquí no se respetan: échate más bronceador
y un clavado al agua, al fin que ahí se enjuaga
la mugre, el desodorante y los químicos.
No importa que después consumas peces
mutantes, ostras y camarones radioactivos.
Para aprovechar el agua creé un sistema
de captación de lluvia, pero tan poco llueve
que ya hasta se está secando Xochimilco.
Ahí y en Chapultepec todo es tono verde,
los patos nadan como en anticongelante,
y es impresionante ver cómo las especies
hacen todo por sobrevivir en los residuos.
Los volcanes nos quieren echar fuera
y recuperar territorio, con erupciones
constantes y nubes tóxicas encima el Popo
parece querer despertar a la mujer dormida:
astros de ira, soles de lava, los llama Pacheco,
ésta fue, alguna vez, la ciudad de las montañas.
Mas, detrás de los edificios se ve otro edificio:
rascacielos enanos, gatos, varillas, perros,
tendederos, tinacos, ventanas, muros-jardines;
y pura obra negra en los confines de la periferia.
En días extraordinarios, en un punto muy alto,
puedes observar los cerros del Valle pintados
por Velasco, los vastos territorios del pueblo,
el Chiquihute y sus grandes antenas de radio:
unas nubes blancas sobre un cielo azulado
atestado de diferentes gruesos de cables,
dos que tres pirules, álamos y colorines.
Los aviones sobrevuelan cerca y vibran
los cristales de las casas con las turbinas.
Desde arriba lo ideal sería ver no boilers,
sino paneles solares para captar energía.
El calendario azteca dicta las estaciones.
Sabían los mexicas que sol hay de sobra,
no así de lluvia, por eso toca el tambor
y danza, para ver si cae una tormenta
y con eso aumenta un poco la vegetación,
aunque sea en las desoladas banquetas.
Inicié también una composta, las lombrices
son muy activas, y así he evitado los olores
y jugos que escurren de la basura a la bolsa.
Opciones hay para quien quiera conservar
el ambiente: no tener hijos, dicen unos;
otros, reciclaje y consumo responsable.
Si eliminas de tu dieta la carne podrías
contribuir a la salvación del planeta.
La demanda y el crecimiento veloz
de la ciudad se están acabando el agua:
¿Cómo van a aguantar los drenajes las heces
de edificios que tienen más de cien pisos?
¿Cómo proveer de servicios a tanto inquilino?
Ésas son preguntas urgentes, amigo citadino.

 

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