Tensión

“Los dientes de un ansioso son como los míos”, dijo mi papá mientras hacía un gesto como de rugido, un gesto igual al que hacen los animales cuando están dispuestos a atacar. Le miré los dientes sin mucho empeño porque los conocía bien. Lo había visto hacer ese gesto otras veces, en otras circunstancias. Antes de esa frase, él me había preguntado si quería ver cómo son los dientes de un ansioso y los dientes de un drogadicto.

Toda esta conversación había nacido tras consultarle si en la dentadura de un muerto podían identificarse trastornos y enfermedades como la ansiedad o la depresión. Me contestó que sí, por el desgaste. Una vez que obtuve la respuesta, nació otra pregunta más: “¿Qué diferencia hay entre los de un ansioso y los de un drogadicto?”. “A los drogadictos se les deshacen, ¿has visto los dientes de los escritores? Casi todos los escritores son drogadictos”.

Renuente a los estereotipos, le dije: “¿Yo soy drogadicta?”. “Eres adicta a la cafeína”, contestó él. “Casi todos los escritores tienen los dientes amarillos y madreados. Tengo un estudio con varias casos clínicos”. Para negar su afirmación, comencé a pensar en los dientes que podía recordar tanto de escritores, como de amigos míos. En mi cabeza comenzaron a presentarse un montón de imágenes de éstos fumando, bebiendo café o alcohol, sonriendo con unos dientes manchados por el exceso.

También, mientras veía a mi papá regar el pasto, supe que sabía muy poco en realidad de sus intereses y que, a pesar de que he vivido toda la vida entre dientes falsos, rotos, picados, de muertos, de cera… nunca me había detenido a pensar conscientemente acerca de lo que los dientes podían decirme de las personas.

Sin embargo, como un acto automático, lo primero que hago cuando conozco a alguien es mirarle los dientes. Además, hay mandíbulas que me dan mayor confianza que otras. Me siento atraída por los retrognatas y desconfío un poco de los prognatas. Entre los segundos podría hablar de formas del rostro como los de Virginia Woolf o T. S. Eliot, entre los primeros estarían Rodrigo Fresán y Patricio Pron.

 

 

Mi padre es dentista. Cuatro de mis cinco hermanos también, el otro es técnico dental, es decir, se dedica a crear dentaduras postizas. La casa familiar está llena de radiografías, productos dentales, guantes de látex, libros de operatoria, anatomía, endodoncia, etcétera. Durante toda mi vida he escuchado discusiones acerca de diferentes casos clínicos, he visto cráneos y he disfrutado del terror que la sola idea de un dentista infunde en las personas. Terror que nunca he vivido porque soy atendida por gente en la que confío.

Motivada por la inquietud que me había causado mi papá con respecto a los dientes de los escritores, comencé a escribir esto mirando en la pantalla de la computadora mis propios dientes: modificados por un tratamiento de ortodoncia, algo chuecos de nuevo ya, amarillos, madreados por el pegamento de los brackets, la cafeína y el alcohol.

 

*

 

Parte de lo que me contó mi papá fue que tensar la mandíbula no sólo afecta la dentadura, sino también la columna. Nuestro sistema óseo está conectado a la boca y con ello los dientes pueden ser el principio de una serie de padecimientos más o menos severos relacionadas con la espalda. Hice esa pregunta a mi padre porque hacía días que me dolía la mandíbula. Había notado ya tiempo antes, durante mis clases de natación, y al sentir el estrés que me causaba estar en el agua, así como encontrar el ritmo para salir a respirar, que al realizar alguna actividad que implica fuerza física o cuando estoy bajo presión aprieto los dientes.

Esos días había tenido más trabajo de lo habitual y había estado bajo situaciones que me mantenían tensa. Un par de meses antes, por lo mismo, fui a que me dieran un masaje. Hacia el final, la terapeuta me tocó el rostro y me recomendó hacer ejercicios para dejar de tensar la mandíbula, ciertos gestos que me relajaran los músculos de la cara: no sólo el estrés, también la ansiedad produce muecas y gesticulaciones, endurece el rostro.

¿Puede la escritura ser consecuencia de, a su vez, ser una persona ansiosa? Y, si es posible leer síntomas y síndromes en la dentadura, ¿de qué forma se relacionan con la escritura? Dijo mi padre que seguramente las adicciones de los escritores se relacionaban con el deseo de estar alerta. Eso quiere decir que, ¿todo el que escribe se siente siempre amenazado? O, ¿siente la necesidad de estar alerta porque la percepción es de algún modo su forma de trabajo?

Quiero pensar que los dientes siempre han sido una inquietud para los que escriben, que su descripción es parte de la historia de la literatura, pero, sobre todo, de la poesía. Se ha caracterizado a la belleza como una mujer de dientes de perla y en la literatura medieval los sirvientes o los personajes con cierto grado de maldad se representaban con dientes sucios y chuecos. Si lo pensamos bien, al leer, al escuchar la voz del narrador o de los personajes, con la imaginación estamos mirándoles la boca. Estamos sometidos a su aliento, en el sentido más romántico y en el menos: la voz viene de la boca. Así la articulación o la composición de la voz un escritor está determinada por su dentadura.

Si bien es cierto que el color, la forma y la posición de los dientes son los que pueden dar a una boca o a una dentadura el carácter de perfecta, también lo es el hecho de que los alimentos y el agua cambian el color de los dientes, así como los hábitos de cada individuo. La dentadura está relacionada con nuestra genética y está modificada por lo que a diario nos llevamos a ella.

Los músculos de la cabeza son necesarios para deglutir, respirar y hablar. Cada diente es un engrane, se acopla de acuerdo a su antagonista. Cada que se talla una prótesis deben estudiarse las características que hacían único a cada uno de los miembros ausentes: tamaño, color, articulación; y se trabaja también con la información que dan los dientes que se conservan. En la literatura, ¿así funcionan los personajes?

 

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